El misterio de la sombra
Cuando esta historia ocurrió, yo tenía cuatro años. Era 1969 en Barros Blancos, una pequeña localidad de Canelones, ubicada sobre la Ruta 8 a cinco kilómetros de Pando. Mi mamá y mi papá compraron un terreno en la Calle NRO 1, solar 12. La idea era realizar una gran casa, pero lo que encontramos fue un galpón sin baño ni luz; muchos pensaron que era una barraca lo que allí había, ya que el material llegaba y era vendido por los albañiles a cargo de la construcción. Llegamos el 13 de octubre de 1968, pasando de vivir en un apartamento en la calle Abreu —con tres dormitorios, cocina, dos baños, comedor, living y un cuarto que era alquilado como consultorio para un médico amigo de mis padres, y obvio, con pisos de monolítico— a vivir en dos piezas con pisos de hormigón. Pero con mucho esfuerzo solucionamos algunos inconvenientes y comenzamos nuestra nueva vida. Claro que todo era demasiado terrorífico; el escuchar el canto del gallo era como si un gigantesco monstruo nos acechara.
Pero la historia que hoy comparto le ocurrió a mi papá. Era mozo de bar; comenzó con este oficio cuando tenía 11 años en su San Carlos natal, en el departamento de Maldonado. Se convirtió en una persona con mucha experiencia, al igual que sus dos hermanos, el tío Herman y el tío Heber. Mi papá trabajaba en un bar todos los días, descansando algún fin de semana; sus hermanos lo hacían en el restaurante de Maroñas, pero solo era para eventos que podrían darse en alguna jornada especial. Después, hacían "changas" en bares o restaurantes.
Llegó el invierno y sin luz en la calle y sin conocer mucho la zona, el caminar esos cien metros hasta la ruta era toda una proeza. Pero había algo que a mi padre le preocupaba mucho: el problema no estaba cuando se iba, sino cuando volvía en plena madrugada, cansado después de trabajar toda la noche. Se bajaba del ómnibus, cruzaba la ruta y ahí, justo ahí, comenzaba su penuria.
Mi madre lo miró cuando abrió la puerta y se preocupó; estaba blanco como un papel y fatigado.
— ¿Corriste? —preguntó.
Tomando aire, besó a mi mamá en los labios y se sentó. Estaba helado y muy nervioso.
— Hay algo ahí afuera y no sé qué es. Me sigue desde que paso la casa de dos pisos. Miro hacia la ruta y no hay nada; creo que se esconde, debe ser un ladrón y me vigila.
— No creo, papá —mi mamá lo llamaba "papá" a mi papá, y él la llamaba "mamá"—, debe existir una explicación.
— Sí, mamá, pero me intriga mucho. Lo veo desde hace unos días. Con este frío y esperando para robar...
Los días pasaron lentos. Papá se iba a las 17:00 horas y volvía a las 4:00 horas de la madrugada; el invierno era intenso. Llegaba y se bañaba en un latón y una palangana, en un baño improvisado. Luego de tomar un café con leche caliente, mi mamá preparaba el mate.
— ¿Seguís pensando en lo mismo?
— No, hace días que no lo veo. Creo que se dio cuenta de que no tengo plata —ambos rieron, y mamá le comentó:
— ¿Sabes que volvió el sátiro?
— No me digas... ¿No sería el sátiro esperando a alguien y yo me lo crucé sin querer?
Así, sin más, se acostaba a descansar. Después de casi un mes de estos acontecimientos, volvió a ocurrir.
— Apareció de nuevo, mamá.
— ¿Y si vamos al piquete de la policía y denunciamos?
— No, ¿y si por hacer la denuncia les pasa algo a ustedes?
— ¿Y si te pasa algo a ti?
— Tranquila, voy a averiguar quién es.
Esa tarde mi papá se fue como siempre. Nosotras tres —mi mamá, mi hermana y yo— lo despedimos saludándolo con la mano hasta que se perdía por la curva en la entrada de la calle. Mi mamá estaba algo ansiosa y casi no durmió hasta que sintió los golpes en la puerta. Era mi papá, como todas las madrugadas, pero algo era diferente.
Mi mamá preguntó asombrada:
— ¿Qué te pasó? ¿Te caiste en la calle?
Papá, algo apenado y con una sonrisa pícara, contestó:
— ¡Algo así, mamá! Atrapé al que me seguía —y soltó una gran carcajada.
Mi mamá lo miró y, con los brazos en jarra, dijo:
— ¿Estás loco? ¿Cómo que atrapaste a lo que te seguía y por qué te reís?
— Mamá, ya te cuento todo, pero ayúdame y juro que te cuento todo.
Se bañó y, luego de tomarse su café con leche, se sentaron junto al brasero a tomar mate. Como todas las mañanas, mi hermana y yo nos sentamos a escuchar los pormenores de lo que papá hacía en su trabajo, pero esta vez lo que contaría era diferente: era una historia de terror y, para dos niñas de apartamento, era para soñar muchas noches con el cuco.
— Te cuento, mamá... Como siempre, el ómnibus paró y bajé. Crucé la ruta y comencé a caminar lentamente, mirando para todos lados, tratando de acostumbrar mis ojos a la poca luz. Y cuando iba llegando a la casa de dos pisos, lo vi y me detuve. Noté cómo se movía, era como si se levantara para mirar si alguien venía. Me mantuve en la oscuridad de la acera de enfrente y, cuando vi que se movía para levantarse, ¡me le tiré encima!
— ¡Pero papá, tú estás loco! ¡Y si algo te hubiese pasado, si te hubiese herido! ¡Dios mío!
— Calma, mamá, que ahora viene la mejor parte... Me di el tal golpe. Lo que creí que era una persona era el pequeño árbol que, al ser iluminado por la luz del ómnibus que viene de Pando, parece una persona que se mueve, acechando.
Mi mamá comenzó a reírse y mi papá también. Mi hermana y yo nos miramos y volvimos a la cama. La historia del árbol recorrió cada mesa familiar y formó parte de esas historias que comienzan como un misterio y son solo un cuento de esos que nacen de un señor que trabajaba de noche y al que lo seguía la sombra de un árbol.
Con cariño Adriana Guerra Rodríguez